Baño se maneja con absoluta soltura entre la observación sutil y la visceralidad de aquellos momentos en que los personajes explotan. No hay, de todas maneras, subrayados ni golpes de efecto. Las reacciones son acordes con la descripción psicológica previa, con el retrato de ese universo lleno de condicionamientos y decepciones que el director supo construir en sólidos, concisos 80 minutos. Una ópera prima de una sofisticación y una convicción infrecuentes.

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